El pasado 29 de enero, la ilustradora estadounidense Sarah Andersen pintó un pequeño mural en la calle de Mérida, ubicada en la colonia Roma. Un par de días después, de acuerdo con publicaciones en redes sociales, el trabajo había sido grafietado.  Andersen, el mismo día que concluyó su obra callejera, publicó en su cuenta de twitter lo siguiente: “¡Pinté un mural en la Ciudad de México” El mural está diseñado con muchas poses con la esperanza de que las personas intenten posar junto al personaje. ¡Me encantará ver tus fotos al lado del mural!”.  La ilustradora graduada del Maryland Institute College Art es conocida por su cómic Sarah’s Scribbles, donde critica al machismo y hace ironías sobre la adultez, el existencialismo y a los gatos. El mural surgió como parte de un proyecto – implementado por Pictoline – llamado Walls, en el que varios artistas digitales participaron.  La obra duró pocos días intacta y varios usuarios mostraron su molestia en redes sociales, desaprobando – bajo el discurso de que los perpetradores buscan desestimar el trabajo de una mujer artistas – la “agresión” hacia el trabajo de Andersen. Momentos después de la viralización en twitter sobre lo ocurrido, admiradores de la ilustradora acudieron al mural para limpiarlo y han logrado recuperar a tres de los personajes impregnados en la pared.  Aunque muchos demostraron su enfado por los grafitis encima del mural, no se debe dejar a un lado que la misma corriente del muralismo trata métodos como la intervención de otras piezas. Si calificamos esto como un acto de violencia, entonces debemos presentar la misma preocupación por obras de artistas nacionales que se ven tergiversadas todos los días.