La cinematografía mexicana asemeja al alebrije, aunque en su búsqueda por combinar diferentes piezas, en su caso, el resultado no termina por encajar. Un año más está próximo a concluirse y los traspiés no fueron la excepción; como premio de consolación, los espectadores mexicanos se llevan la satisfacción de conocer las cifras publicadas por la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (CANACINE), entre las que destaca saber que “las salas de cine nacionales tuvieron una demanda del 8.4 por ciento mayor a todo el 2018”, el número tanto de ingresos como de espectadores aumentó especialmente para las cintas estrenadas entre Enero y Septiembre del presente año. Con estas cifras en mente, es necesario e inevitable mencionar cuáles fueron las películas con mayor recaudación de ingresos y asistentes, o en otras palabras, ¿qué consume el mexicano? De acuerdo a CANACINE la coronación se la llevan cintas de género cómico o la ya desgastada y sosa comedia romántica; únicamente en los últimos dos puestos se crea la excepción a la regla con el terror y el cine policíaco. Aunque el resultado no es el definitivo, puesto que se examinó hasta el 30 de Junio, le da al lector una idea del caos cinematográfico nacional. La preocupante ficción que se establece no abandona los clichés con chistes que involucran groserías -¿de qué otra manera se podría hacer reír al público?- historias que asemejan guiones estadounidenses, una evidente distinción de clases sociales y un racismo que se traslada a que la mayoría de los protagonistas sean de tez blanca, delgados, no mal parecidos y con una posición económica media alta –ni pensar en poner a Tenoch Huerta como galán, a menos que sea en una serie de narcos-. Gran número de las cintas del mal llamado nuevo cine mexicano, apelan a lo insustancial creyendo que el espectador no puede ni debe esperar algo más; el razonamiento que constantemente exponen los creadores se relaciona a los altos niveles de violencia del país, por lo que en consecuencia el mexicano debe ir al cine a relajarse: no pensar mientras disfruta del banquete cinematográfico nacional. Grandes directores, guionistas, productores y demás elementos indispensables del cine, esperan pacientemente su turno. En el monopolio de la industria de los sueños, se abren paso novedosas narrativas como las expuestas el 24 de Junio en los Premios Ariel 2019; Roma (Alfonso Cuarón, 2018) se consolidó como la gran ganadora del evento, seguida por La camarista (Lila Avilés, 2018), Las niñas bien (Alejandra Márquez, 2018), Museo (Alonso Ruizpalacios, 2018), el documental Hasta los dientes (Alberto Arnaut, 2018) o la cinta animada Ana y Bruno (Carlos Carrera, 2018). El cinéfilo encuentra la trampa en que la mayoría de las cintas galardonadas tanto a nivel nacional como internacional, les es casi imposible encontrar su espacio en las salas comerciales, bajo la prórroga de ocuparlo con horarios y espacios limitados, y de esta manera en un pestañear, la cinta ya no se encuentra en exhibición. Por ejemplo, de La camarista (Lila Avilés, 2018), la seleccionada para representar a México en los Premios Óscar y los Goya, se habla en los círculos de cine independiente pero no encabeza la lista que cada año CANACINE da a conocer; la nula relación entre exhibición y galardones es por demás evidente y surrealista. Los obstáculos fueron también perceptibles cuando el ex presidente de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) Ernesto Contreras, señaló los recortes presupuestales a la cultura, debido a esto se despidieron del Palacio de Bellas Artes para establecer la ceremonia en la Cineteca Nacional. Habrá que esperar a la nueva presidenta –quien por cierto, inició funciones a partir del primero de Noviembre- Mónica Lozano, inicie una discusión sobre el rumbo del cine nacional; no es admisible una palmada en la espalda a los creadores, pero la exigencia de conformar otro cine. El público también debe reclamar no el embrutecimiento pero una calidad en las cintas, el país está lleno de historias y personajes históricos no estudiados, mitos y leyendas de pueblos originarios, minorías silenciadas y guiones guardados en el cajón. El mexicano debe aprender a emanciparse tal y como lo establece Jacques Rancière en El espectador emancipado “el borramiento de la frontera entre aquellos que actúan y aquellos que miran, entre individuos y miembros de un cuerpo colectivo” (Rancière, p. 25, 2008).