Este año cumpliría 103 años de edad. Seguramente festejaría muy sobriamente, a su estilo y rodeada por los gatos que le hacían compañía a ella y a su soledad. Aquel 11 de Diciembre de 1916 nació en Puebla, una mujer de letras y eterna enamorada de México; Elena Garro escribió, viajó, conoció, amó y odió como nadie más lo ha sabido hacer. Las experiencias las plasmó en novela, cuento, teatro, memoria y guiones, aunque su labor periodística –no tan conocida- le brindó la oportunidad para hacer crítica del gobierno mexicano, reconociendo que en su época algunos intelectuales tendían más al snobismo que al cambio social. Sus inicios fueron puramente artísticos y no políticos, estudió coreografía y teatro además de Filosofía y Letras en la Máxima Casa de Estudios. Frecuentó e hizo amistad con los escritores, artistas y los censores del fascismo –extendido por Europa- de los cuales terminó alejándose por el resto de su vida. A Garro se le recuerda como la ganadora del Premio Xavier Villaurrutia por Los recuerdos del porvenir (1963) o por la colección de cuentos La semana de colores (1964) y Andamos huyendo Lola (1980); esta última con tintes autobiográficos. Aunque su gran romance lo tuvo con el teatro, la eterna aspirante a actriz escribió “Un hogar sólido” y otras piezas en un acto (1983) y Felipe Ángeles (1979) en el cual revivió al héroe revolucionario y lo sitúa en el juicio impuesto por Venustiano Carranza y que finalizaría en su fusilamiento; tan viva está la dramaturga que se decidió reestrenar esta obra y actualmente se encuentra en el Teatro Reforma IMSS, para aquellos curiosos y seguidores de la escritora. Pero es casi imposible separar a ciertos personajes y acontecimientos históricos de su vida, de la cual muchos han intentado descifrarla pero nadie podrá –ni podremos- entenderla del todo. De su escritura “se suele dividir en dos etapas[…]: las obras fantásticas previas al 68 y su disminución o ausencia en textos publicados a partir de 1980” (Melgar, p.247, UNAM), sus (des)encuentros con los pensadores de izquierda, la llevaron a un autoexilio por distintos países como Nueva York, Madrid y Paris, quedando en calidad de no persona como ella misma se lo expresó a la crítica literaria, Gabriela Mora, “perdí todos mis derechos civiles, de escritora, de persona. No podía presentar una queja, mis libros fueron recogidos y sólo se me insultaba en el periódico. Y como no se me dio ninguna oportunidad de defenderme, pues me fui de México” (Elena Garro en entrevista con Mora, 1979). Los eventos del 68 y la repartición de culpas han sido analizadas hasta el cansancio, no obstante una bruma de confusión en las declaraciones lo envuelven y la verdad únicamente la conocen los protagonistas de los eventos. Los hechos, por el contrario, se reflejaron en sus obras “la primera etapa Garriana se caracteriza por la presencia luminosa de lo fantástico y escenarios mexicanos; en la segunda, destaca lo sombrío, muchos extranjeros, protagonistas perseguidas […] y una huella autobiográfica más marcada” (Melgar, p.247, UNAM). A la creadora se le ha atribuido el papel protagónico de la villana en la literatura mexicana, una malhechora que se refugió con su hija, Helena Paz, en los rincones del mundo. A cuestas, debió cargar no sólo este evento pero también a un hombre: Octavio Paz. No se escribe de ella, pero se le utiliza como un accesorio que acompaña al que fuera su esposo por veintidós años. De esta relación tormentosa, recientemente se ha conocido más sobre su naturaleza maliciosa, Paz le impedía escribir y Garro accedió a complacerlo, su libertad creativa se vio impedida por el temor de eclipsarlo; ambos se leían y opinaban de los escritos del otro, pero Garro fue creada a partir de Paz, no como su igual pero como una aprendiz que nunca estuvo a la altura. Su vida amorosa no siempre tuvo sinsabores y menos junto a Adolfo Bioy Casares, escritor con el cual mantuvo una relación mientras se encontraba casada con Octavio Paz. De sus encuentros –relativamente contados- se conoce poco, y la correspondencia que mantuvieron es el único indicio que apunta a una relación apasionada: “Perdóname que esté escribiéndote de nuevo, quisiera darte un respiro, pero tengo tanta necesidad de ti que si no toleras estos monólogos voy a morir de angustia” (Bioy Casares, 1951). Elena Garro ha sido construida, quemada y reencontrada muchas veces. Su legado abarca una amplia obra literaria y teatral, que merecen revisarse nuevamente bajo unos lentes sin miramientos. El lector debe darle la oportunidad de dejarla expresare mediante sus obras, y conocer a una mujer que fue alejada de la mirada pública. Hablar de su vida es complicado, homenajearla aún más; tanto así, que no puede hacerse en un sólo artículo periodístico.