Por Guadalupe Mejía Salen a la calle, aunque a medias. La primera aparición que tuvieron fue en el México de Echeverría y el rechazo fue eminente; cuarenta y cinco años después se reúnen en la fiesta interminable, ahora bajo un clima social ¿nuevo? o ¿empañado con la misma suciedad? Fue el pasado 04 de Octubre que se reestrenó Los chicos de la banda, puesta en escena que gira en torno a una fiesta de cumpleaños organizada por un grupo de amigos homosexuales; y la vuelta de tuerca en el argumento de Mart Crowley, involucra la abrupta llegada de Alan a la reunión -amigo de Michaely quien desconoce que es gay- viéndose envuelto en un micro mundo que él desconoce y cual Gulliver en Lilliput  no entiende –y tampoco desea hacerlo- las dinámicas que envuelven a la comunidad. Se gesta un juego macabro en el cual deben hablar por teléfono al amor de su vida para confesar sentimientos enterrados y más allá de la evolución de la trama o la interacción actoral, el montaje devela una condición sociopolítica palpitante; una conversación no terminada. La obra off- Broadway estrenada en 1968 fue recibida en el ámbito estadounidense como la primera en su género, aún con ciertas reservas su aceptación se presentó de manera gradual. El tabú abandonó los cuchicheos y susurros para trasladarse al teatro, presentándose alrededor de cinco meses, el poder político de Nueva York y del país hacían su aparición: Groucho Marx o a la viuda de Kennedy, la siempre deslumbrante Jackie. Aunque su permanencia en cartelera fue breve, se convirtió en la primer denuncia inteligentemente velada, que advertía sobre un cosmos no explorado por el arte, que se mueve bajo sus propias reglas y lenguaje. México, como el vecino incómodo pero necesario de Estados Unidos decidió comprar los derechos para la puesta en escena. 1974 fue el año en el que el dramaturgo y crítico de teatro, Rafael Solana, se dispuso a escribir una reseña mordaz sobre la obra, dejando en claro que si bien “no es perfecta; pero tiene más virtudes que defectos” (Solana, 1974), se alabó el trabajo actoral de Sergio Corona, Miguel Ángel Turrent y el chileno Ricardo Cortés. Pese a los halagos meritorios del trabajo escénico, Solana dejó entrever que el mexicano tenía reservas, y no pocas. Para quienes no sabían de la obra su imaginario los llevaba a pensar en “un documental de la vida de los jotos, con su léxico propio, sus pintorescos trajes y sus curiosas costumbres, sus bailes y sus cantos. Y esto, por muy instructivo que pudiese resultar, y novedoso para algunos, no sonaba muy atrayente para todos” (Solana, 1974). La duración de la obra en México fue corta y no era ninguna sorpresa. Nancy Cárdenas en calidad de dramaturga y en este caso, la responsable de la adaptación de la obra en el país consideró la idiosincrasia del mexicano lo suficientemente abierta: por el contrario encontró un gobierno paternalista que cuidaba las apariencias, mientras se enfrentaba a la guerra sucia que hacía contra sus ciudadanos, el fracaso teatral era inevitable. Cárdenas –mujer de la cual se habla poco en teatro- fue además una incansable luchadora social, apoyó movimientos de liberación sexual y del movimiento LGBT+. La nación ya había experimentado su propia dosis de inconformidad en 1971, con la conformación delMovimiento de Liberación Homosexual. Un año después del estreno de la obra se hace del conocimiento público el manifiesto Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco donde abiertamente se denuncia la constante represión hacia la comunidad por considerárseles subversivos, “acrecentando el odio irracional contra quienes practican […] una conducta sexual minoritaria” (1975). Intelectuales, artistas y demás figuras públicas hicieron presente su descontento con una firma que abarcaba a personas de la talla de José Revueltas, Carlos Monsiváis  y Juan Rulfo. Nuevamente bajo la dirección femenina, Pilar Boliver, presenta el reestreno de la obra. Aunque su carrera se consolidó como actriz, la directora pretende lograr lo que Nancy Cárdenas no pudo: eliminar –lo más posible- los prejuicios mediante una comedia con tintes dramáticos. Dentro del elenco que se presenta en el Teatro Julio Prieto se encuentra Horacio Villalobos, actor y presentador de televisión igualmente amado como odiado; aunque la publicidad no se hizo esperar y la respuesta del público pareciera favorable, el pasado Octubre, Villalobos, levantó una denuncia, “entre que son amenazas y son realidades por lo menos dejo un precedente jurídico […] tenemos vigilado el teatro”, explicó el actor para el periódico La Razón. El público ha sido invitado por los actores tanto en sus redes sociales, como en apariciones en medios de comunicación. La cuestión subyace en preguntarse, ¿es realmente necesaria la puesta en escena? Cuya respuesta es simple: lo es y deben crearse universos no explorados por el teatro. “Promover la homosexualidad”, como lo afirmaron los atacantes de la puesta en escena es un argumento vacuo. Esto sólo puede significar el motor, para generar un cambio en el diálogo social. A cuarenta y cinco años de gobiernos represores hay que abandonar los tapujos inventados.