Quinto artículo de una serie enfocada en las nominaciones al Óscar. Jojo Rabbit (2019) es un filme engañoso. Su publicidad se enfocó en presentarla como una historia endeble de la Segunda Guerra Mundial; las cintas predecesoras brincaban como pilotas de ping-pong en las mismas temáticas, como la ocupación nazi a distintos países europeos, las consecuencias que esto suponía para sus habitantes y algún que otro romance imposible y –casi ninguna- lograba un giro sustancial. Pero Jojo Rabbit(2019) lo logró. Ambientada en Alemania, la trama es protagonizada por un niño de diez años, Jojo Betzler (Roman Griffin Davis) quien se embarca en una experiencia de crecimiento –el término cinematográfico es coming- of age-que inicia al unirse a las juventudes hitlerianas o  Hitlerjugendy a pesar de los numerosos esfuerzos por encajar, nunca lo hace. La dirección artística recuerda al cineasta Wes Anderson, con tomas geométricamente obsesivas, colores que contrastan y una completa irreverencia en las acciones; especialmente en las escenas de actividades al aire libre, en lo que prometía ser un fin de semana para que los niños se convirtieran en hombres listos para la guerra. El espectador tempranamente asume que Jojo tiene un mejor amigo imaginario, el mismísimo Adolf Hitler, caricaturizado y exagerado en movimiento, acciones, más no en palabra; aquellos acontecimientos de conocimiento público, como el atentado de 1944, su rechazo en la escuela de arte y la creencia propagada sobre sus poderes extra normales para saber lo que todo su pueblo hace y piensa, son satirizados provocando risas genuinas en el espectador; el cineasta Taika Waititi interpreta a un führer que le ofrece cigarrillos a Jojo para pensar en soluciones a sus problemáticas, que come carne de unicornio en la privacidad de su domicilio y que lo apoya a perseguir sus sueños de unirse a su ejército privado. Jojo es la representación de un fanatismo ciego, personificado en un cuerpo infantil y desprovisto de la verdadera noción de la guerra. Los personajes que conforman su vida reafirman esta adoración que tiene, el reparto de apoyo que Waititi diseñó es entretenido    –más no novedoso-. Tenemos al capitán Klenzendorf (Sam Rockwell), astuto estadista atrapado en un “campamento” infantil tras perder un ojo, Finkel (Alfie Allen) el ayudante torpe pero leal y Fräulein Rahm (Rebel Wilson) la única mujer en el equipo consagrada a brindarle hijos a Alemania para la causa; cada uno de ellos, se muestran no como atemorizantes pero personajes cómicos y extremadamente humanos: Klenzendorf ama a su país pero ama más la libertad e inocencia de Jojo, bien podría ayudar a la Gestapo pero él también se encuentra envuelto en un –no tan inesperado- romance con Finkel, mientras que Fräulein Rahm en sus limitadas apariciones, resulta altamente efectiva para arrancar algunas carcajadas. Esta disposición de personajes develan la historia de un niño solitario cuya mayor aspiración es el pertenecer. Su madre Rosie (Scarlett Johansson) –quien logra más emotividad que en Historia de un matrimonio– es una ferviente defensora de la igualdad e impulsora de una Alemania libre, ama la vida, el bailar y las infinitas posibilidades del amor. Es ella quien acoge a una niña judía tras las paredes de su casa, en una reinterpretación de Ana Frank, llamada Elsa (Thomasin McKenzie), quien al perder a sus seres queridos–posiblemente en un campo de concentración- termina pasando de familia en familia hasta llegar a la vida de la liberal Rosie. Más allá de los enredos humorísticos en la historia, Jojo Rabbit(2019) resulta una película sorprendentemente emotiva –sin caer en la condescendencia- con momentos precisos como un reloj cucú, las dosis de risa desaparecen al momento en que Jojo y su madre ven a personas colgadas en la plaza pública, cuando pelean por la ausencia del padre y al mentir para evitar que Elsa se vaya de su hogar y corazón. El director Waititi silencia a la sala entera al recordarles que lo visto en pantalla realmente sucedió, allá en los recuerdos de alguna persona pudo haber existido un niño buscando alguien a quien aferrarse como Jojo, o una joven que perdió todo como Elsa; lo anterior, se adorna con momentos musicales conocidos, los Beatles y David Bowie llevan a bailar en el asiento pero el dramatismo aún está presente. La película es necesaria para los tiempos que se respiran, hagamos por ejemplo un ejercicio de imaginación. Pongamos en nuestro guión a un niño de diez años como Jojo, quien fervientemente cree en un hombre al que nunca ha conocido ni conocerá, supongamos que ese hombre tiene una política de rechazo por “el otro” –aquello que le resulta ajeno y por ende peligroso- ahora bien, este niño tiene una madre que por el contrario trata de mostrarle que la aceptación es humana. A sus vidas, llega una niña o niño que representa lo que la mayoría del país teme, un ser que se le atribuyen poderes malignos y en el proceso de su convivencia ambas partes se dan cuenta que no son tan distintos del otro, es más, comienzan a desarrollar sentimientos de empatía y amor. ¿Qué tal si pulimos el argumento? Ambientémoslo en la actualidad, nuestro protagonista puede ser un niño estadounidense promedio, su nueva amistad algún inmigrante y el líder carismático bien podría ser Donald Trump. El mayor logro de la cinta es su condición de atemporalidad. Es inesperada, conmovedora, con gran humor y dolorosamente cercana a la realidad; a diferencia de otros filmes que apelan únicamente al mayor número de lágrimas, Jojo Rabbit (2019) aunque seguramente no ganará el Óscar a Mejor Película, tampoco teme confrontarse con la incomodidad. Aún con desaciertos, la principal pretensión de Waititi es confrontar lo irónico con lo crudo, hiperbolizar una figura histórica para decir que el prejuicio hacia lo desconocido, germina como una idea infantil que al crecer y no detenerse, termina en una sociedad en constante defensa de lo que consideran correcto. Es más temible, cuando la realidad supera la ficción.   TRAILER: https://www.youtube.com/watch?v=aDw7YoSusfY