Por Román Moreno Después de 22 días con sólo el eco de un luto retumbando por las paredes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), poco más de treinta estudiantes pisaron con decisión y fuerza los pasillos de la mayor universidad de América Latina. Con la vestimenta negra y los rostros enrabiados cubiertos por pasamontañas, por unos minutos se plantaron fuera de las puertas para declara una lista de demandas: «Este hastío que llevamos arrastrando es la causalidad de nuestra toma», desgañitó una garganta escondida detrás de alguna de una capucha; tras leer las demandas – que contemplaban desde destituciones hasta la toma de acciones contra la violencia de género – vociferó: «Ni 70 demandas contra profesorado y alumnado han sido suficientes. Este lugar nos ha sitiado con violencia y queremos evitárselo a las que vendrán.» Entre gritos a favor de la caída del patriarcado, comenzó la bulla dentro de la institución. El movimiento feminista volvió a gritar cuando 11 de 39 planteles fueron tomados como señalamiento del constante acoso, maltrato y agresiones. Un conjunto de alumnas sitió los salones y sesgó las clases, con paso firme y sin ceder hasta que fueran escuchadas. Una bronca, que desde mediados de octubre, obvtuvo resultados hasta el pasado 14 de Noviembre; la Universidad organizó una mesa de diálogo con el fin de alcanzar un acuerdo. La huelga sigue allí, esperando su hora de levantarse en caso de ser necesario; la toma en tres preparatorias pertenecientes a la misma Universidad, ha perdurado. Esta repercusión es producto de una sociedad ahogada en violencia de género que no busca sacar la cabeza para tomar aire. El feminicidio de la estudiante de 22 años Lesvy Rivera Osorio dentro de las instalaciones no se ha olvidado y, menos, se da por alto la omisión por parte de las autoridades y de la institución. Las paredes lloran y sollozan los gritos de justicia por parte del movimiento feminista.
“LAS PAREDES SE LIMPIAN, LAS MUERTAS NO REGRESAN”
Esta es una de las tantas pintadas donde se lee el color de la verdad; la opresión es la verdad absoluta que flota en el hormigón. La situación ha alcanzado la gravidez suficiente para que la UNAM, hace casi tres años, se viera obligada a implementar un protocolo de atención contra la violencia de género. El estancamiento de las clases sucedió la misma semana de elecciones para el rector, a las cuales resultó ganador Enrique Graue quien ya tenía este cargo desde hace 4 años. En el juramento para tomar cargo de su puesto, respaldó: “Si existe algún tipo de violencia que no podemos permitir, es el que las universitarias sean agredidas y acosadas”. Una de las críticas más fuertes que ha recibido Graue, fue su rechazo a los hechos sucedidos durante el ataque a la biblioteca de la Universidad el 14 de noviembre de este año; durante la marcha feminista, un grupo de alumnos agredieron a las marchantes. La abogada Andrea Medina, reprueba el enfásis de la Universidad por mantener su imagen por sobre la violencia de género. Medina y otras profesoras han declarado que apoyan las protestas pero sin mostrar su identidad por miedo a repercusiones.  Dentro de la Universidad, la Facultad de Ingeniería ha tomado una resistencia contra el movimiento feminista (cabe mencionar que dentro de la facultad, las mujeres son minoría), por lo que estudiantes de género masculino confrontaron a las protestantes con gritos y abucheos mientras las apedreaban. Una vez más, el episodio y los agresores quedaron impunes. La UNAM no ha resuelto el peligro que viven día con día las mujeres académicas que forman parte de su institución; parece que el problema con mayor importancia, pasa a ser uno de los últimos.