El coronavirus se propagó de manera alarmante hace varias semanas y los rumores alrededor del mundo se esparcieron. Al principio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se negó a emitir un estado de emergencia internacional, pues no querían parecer alarmistas ante un “pequeño” brote en la región de Wuhan en China. Para el día de hoy, las muertes en el país asiático superan las que saldó el terrible virus SARS en 2002 – 2003, la provincia de Wuhan edificó un hospital en cuestión de días, los aeropuertos de varias ciudades han implementado centros de control y muchas aerolíneas han sesgado sus vuelos a China. Poco después de esto, la OMS optó por declarar la emergencia internacional y varias instituciones, universidades y centros epidemiológicos han saltado a la carrera por desarrollar una medicina – o en su defecto una vacuna – para contrarrestar el coronavirus 2019-nCov.  De acuerdo con Ignacio Sáez-Torres, director general de Sanofi Pasteur Iberia, “la elaboración de una vacuna es de 10 años, pero el panorama de financiación e investigación ha evolucionado mucho”, gracias al hito impuesto por a Coalición para Innovaciones para la Preparación ante Epidemias (por sus siglas en inglés: CEPI) – financiado por fondos públicos y privados – para desarrollar vacunas en un lapso de tiempo más corto que el estimado.  Tres proyectos han sido respaldados por la CEPI, dos de ellos en Estados Unidos y se basan en un nuevo método llamado plataformas. Jaime Pérez Martín – miembro de la junta directiva de la Asociación Española de Vacunología (AEV) – indicó que “es algo novedoso, similar a lo que se hace con la gripe cada año, que sólo cambias la cepa. Sobre la plataforma ya desarrollada para el virus MERS y la secuencia genética de Wuhan, es posible desarrollar una nueva vacuna sin empezar de nuevo todo el proceso”. Hasta ahora, 8,1 millones de euros han sido aportados por la CEPI  para el programa de Inovio y, de igual manera, otorgará el financiamiento de la plataforma RNA de Moderna.  El último proyecto que ha financiado la CEPI se encuentra en la Universidad de Queensland, Asutralia, y se basa en las proteínas virales. Empresas como GlaxoSmithKline (GSK) se han sumado, con el fin de “aportar adyuvantes (sustancias que potencian la respuesta inmune del organismo). Su ventaja recae en que reducen la carga antigénica a inocular en cada paciente y multiplican las dosis disponibles”, según Pérez Martín.  Otro proyecto ha sido implementado por el Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC), liderado por Luis Enjuanes, en el que se han combinado síntesis químicas de ingeniería genética. El director del CNB-CSIC concretó que la gran ventaja “es que es un sistema basado en virus atenuados, que dan una mayor inmunización y no requieren revaluaciones. […] Tendremos el primer prototipo en tres o cuatro meses. El problema viene luego con los ensayos clínicos, que requieren un gran presupuesto”.  Aunque se habla de un próximo desarrollo de vacuna – por parte del Instituto Pasteur de Francia y otras compañías – el experto Pérez Martin advierte que el desarrollo de la vacuna requerirá “no menos de medio año. […] Luego habrá que probar su eficacia y seguridad. Y por último, poner en marcha el sistema de fabricación, algo muy complejo”.