Sexto artículo de una serie enfocada en las nominaciones al Óscar.

 Encorvados, como viejos mendigos bajo costales,

Patizambos, tosiendo como arpías, maldiciendo cruzamos lodo,

Hasta que a las bengalas perseguidoras les dimos las espaldas,

Y hacia nuestro lejano descanso nos fuimos arrastrando.

Hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas,

Pero cojeaban, calzados con sangre. Todos iban rengos, todos ciegos;

Borrachos de fatiga; sordos incluso a los silbidos

De obuses de gas cayendo suavemente atrás.

Wilfred Owen.

Un hombre se recuesta sobre un campo verdoso, pintoresco y primaveral. En su dormitación, es despertado por un superior que le indica que debe proseguir su camino, y a su paso el paisaje idílico cambia mientras se adentra por lodo, trincheras, destrucción que los conduce a la muerte; esta es la manera en la que Sam Mendes inicia su balada personal de la Primera Guerra Mundial. El protagonismo de la cinta recae en un par de amigos con visiones diferenciadas de la batalla, William Schofield (George MacKay) y Tom Blake (Dean-Charles Chapman), el primero no busca los laureles para regodearse con un triunfo que le parece banal, mientras que el soldado Blake desea regresar al hogar con el reconocimiento público de sus hazañas: ambos encarnan a los jóvenes partícipes de la guerra, inicialmente con aspiraciones de lucha que devienen en una decepción completa tras ver la muerte de compañeros. ¿Acaso sirve la sangre derramada de algo o sólo es una burla cruel del politicismo ajeno? La premisa del cineasta es bastante simple, Schofield y Blake tienen bajo sus hombros la vida de 1,600 hombres, quienes serán mandados a luchar contra un batallón alemán. Pero, ante su desconocimiento deben cancelar el ataque antes de ser carne de cañón; los protagonistas obtienen la responsabilidad de hacer llegar el mensaje, o perder más vidas. Debido a que el abuelo del cineasta, Alfred Mendes, solía contar sus experiencias y particularmente la historia de un soldado encargado de entregar una nota de extrema emergencia, el director decide transformarla libremente en un guion sobre una carrera contra el tiempo y el aniquilamiento de almas jóvenes. En el resto del filme, no es complicado para el espectador imaginarse que la misión desencadena una serie de acontecimientos trágicos con el fin de desembocar en una decisión crucial, en la que únicamente uno de los compañeros de batalla puede sobrevivir; elemento que pretende hacer de la historia infortunada pero no ingeniosa. Ha sido constantemente alabada la proeza técnica de la cinta -por lo que seguramente ganará la categoría de Mejores Efectos Especiales- para adentrar al cinéfilo en una campaña heroica y patriótica, donde la mayor destreza es recrear los escenarios haciéndolos parecer una toma continua –es decir, aquella que no presenta corte alguno- además de que los efectos visuales como bombas, aeroplanos, puentes a medio derrumbar, cascadas de agua, incendios y demás están propiamente colocados en los puntos exactos para generar tensión constante; el viaje de los soldados es físico pero también una maquinación mental, aquel que está dispuesto a entregar su vida en sacrificio por el otro, al final es recompensado salvándose a sí mismo. Una de las apuestas seguras que compite directamente con Parásitosa ganar el Óscar a Mejor Película -aunque en mis predicciones, no creo que lo logre- es magistralmente adecuada en los tecnicismos pero no en la sustancia. La fotografía de Roger Deakins propicia un ambiente desolado, aparentemente inerte y opresivo en el cual, en ocasiones, asemeja un videojuego. Cuando a nuestros protagonistas parecieran tener un obstáculo resuelto, aparece otro –a veces absurdo- y al lograr resolverlo, surge otro y así constantemente. Es entendible que Sam Mendes no haya querido analizar las causas o consecuencias de la guerra con minuciosidad, pero los únicos atisbos de sensibilidad se presentan en dos ocasiones, cuando Blake habla de querer retornar con la familia especialmente con su hermano (quien se encuentra dentro de los hombres próximos a morir) y el escaso encuentro de Schofield con una mujer francesa, quien le suplica se quede con ella al ver su pueblo destruido y quien ahora, cuida a una bebé que rescató pero sin la menor idea de cómo va a alimentarla. Un buen giro de la trama pudo establecerse –y no lo hizo- si se hubiera presentado los aconteceres y pensamientos de los soldados. Es adecuada la escena en la que el batallón canta postrados al pie de un árbol, algunos lloran por lo perdido pero más bien, por lo que ya no podrán ser, aquella inocencia y juventud que se les escapó de las manos cuando sostuvieron un arma por primera vez. Deben existir tantas anécdotas sobre la guerra, en la que los jóvenes mostraban compañerismo inclusive con el enemigo; lo cual –a mi parecer- es un gran desaprovecho por parte de Mendes. Poemas, novelas, canciones, fotografías, memorias, el material no cesa de surgir, pero aparentemente la técnica imperó ante la trama. El desenlace muestra a coroneles, generales y tenientes absortos por la batalla que parecieran haber olvidado que ellos también son finitos en este mundo, y aunque las hazañas no fueron propiamente recompensadas, el soldado Schofield cierra la trama circular recostándose bajo un cielo espléndido, con su uniforme manchado y contemplando una fotografía familiar que no es la suya; intentando comprender que lo pasado debe olvidarse para regresar a su realidad, en la que inevitablemente extrañará a sus compañeros y ansiará nunca haberse enrolado en una campaña que los desdeñó para convertirlos en presa fácil. Y cuando alguien pregunte, podrá decir  irónicamente Dulce y honorable es morir por la patria.   TRAILER https://www.youtube.com/watch?v=plh31-GExC8